¡¡¡...A los políticos, y a los pañales, hay que cambiarlos seguido, y por las mismas razónez..!!!

  

 

 

 

 

 

TRAS DE UNA ESPERANZA, QUE PUEDE TERMINAR

 EN LA MUERTE

 

A bordo del Tren de la Muerte

 

Aquí así son las cosas. En El Paraíso, un paraje cercano a la Ciudad de Arriaga, Chiapas, México, se congregan centenares de indocumentados centroamericanos, en su mayoría hondureños, guatemaltecos, salvadoreños y en menor grado, nicaragüenses, obligados a dejar sus países devastados por huracanes, terremotos, políticas neoliberales y traiciones.


Esperan abordar el tren que los llevará al norte, a la felicidad y al confort; que en la montaña, esa inmensa estepa verde o en la selva húmeda y caliente, no podrían alcanzar nunca.


Ese tren, al que llaman La Bestia o El Tren de La Muerte, es un carguero que corre sin horarios cuatro veces a la semana, transitando desde la frontera sureste de México, hacia el norte, rumbo al estado de Veracruz.
Cuando en octubre de 2005 el huracán Stan asoló el Estado de Chiapas, destruyó puentes ferroviarios y kilómetros de vías a tal grado, que aún no se ha vuelto a restablecer el tránsito ferroviario. Hasta entonces era Tapachula —a doscientos kilómetros de la línea fronteriza con Guatemala— el lugar de concentración de los emigrantes centroamericanos. Ahora los clandestinos deben hacer cien kilómetros más para alcanzar el tren que significa la mitad del impreciso camino hacia los Estados Unidos.


Según el Instituto Nacional de Migración mexicano (INM) cada año son repatriados aproximadamente 250 mil centroamericanos y suman 1.300 entre los muertos y mutilados en el intento por alcanzar la frontera norte.

A la espera del rugido de la Bestia


Las horas pasan vacías a la espera del tren Chiapas-Mayab. Donde acampan los emigrantes, vecinos de la zona montan sus Tianguis para abastecer a los indocumentados de las mercaderías necesarias para el viaje. A toda hora se venden refrescos, cervezas, tortillas, frituras. El campamento toma aspecto de feria, fiesta patronal o kermés.


Pero se sabe que en cualquier momento el rugido de La Bestia puede atronar y la feria se termina, los comerciantes desarman sus puestos y los indocumentados con su morral al hombro, se disponen a ambos lados de las vías a esperar el momento exacto de lanzarse sobre el carguero.
 


La tensión llega a su clímax cuando la locomotora cruza entre las dos hileras. Las hileras de los indocumentados se deshace y empieza la carrera que quizás los saque de la miseria o los separe para siempre del amigo, del hermano o la mujer que hasta ese punto los había acompañado. Para otros significará perder un brazo, una pierna o la vida. Se estima que solamente cuatro de cada cien inmigrantes llegan a la frontera norte.


En la carrera tendrán que conseguir no tropezar entre ellos, con las piedras de los andenes, para evitar caídas, aunque sea pisando al compañero, que hasta hace un momento compartía con ellos la esperanza. La lucha por asirse a cualquier saliente del carguero, una escalera o una baranda, para trepar sobre las tolvas, las plataformas o el techo de los furgones es lo esencial.


El abordaje a la ilusión lo demanda todo. Agarrarse mal o no agarrase a tiempo puede representar caer bajo las ruedas del vagón: para los más afortunados, solo será un hueso roto o una magulladura que curará mientras se espera el próximo tren, para otros, lo dicho, perder un miembro o la vida.


Trepar al tren, es nada más que el comienzo de la odisea. Ahora llega lo peor, quedarse dormido puede significar caer a las vías o quizá sea la migra que tenga montado un operativo unos pocos kilómetros más adelante, ser atrapados para una próxima deportación y comenzar nuevamente en un siniestro juego de la oca.
Algunos conductores de locomotoras, que de acuerdo con las Maras (un azote de Dios con forma de banda juvenil, que desde principio del siglo XXI, se ha adueñado de todas las variantes del crimen en varios países centroamericanos y disputan con ventajas a bandas mexicanas el dominio del sur del país), en un punto acordado detendrán la marcha para que éstas aborden los trenes y comience la cacería: cada morral será saqueado, los hombres golpeados; las famosas chimbas mareras (machetes que ellos mismos fabrican) darán cuenta de los remisos, que luego serán lanzados desde el tren. Las mujeres serán violadas sin excepción y las más bonitas y jóvenes, secuestradas para ser vendidas en los numerosos prostíbulos de la zona, solo en Tapachula se estiman en más de veinte mil las mujeres centroamericanas trabajando en la prostitución. Las inmigrantes ilegales tienen tantas posibilidades de ser violadas durante su viaje que los propios funcionarios guatemaltecos de frontera las instan a tomar anticonceptivos.


La Bestia o a La Bestia de Hierro, El Tren de la Muerte, El Caballo de Troya o El Tren Asesino, como prefieran, pertenece al consorcio estadounidense de ferrocarriles Genesee & Wyoming Inc. que opera a través de su filial Compañía de Ferrocarriles Chiapas-Mayab, con base en la ciudad de Mérida, Yucatán, resultado de la privatización de Ferrocarriles Nacionales de México, en septiembre de 1999.


La Compañía Chiapas-Mayab esta siendo investigada por incumplimiento de las normas de seguridad establecidas en la concesión y como promotora, cómplice y encubridora de los múltiples delitos (asaltos, violaciones, homicidios y mutilaciones) que ocurren en sus vagones, amparada en la burocrática negligencia de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes; en el extraño manejo de las autoridades de la Procuraduría General de la República y los empleados del Instituto Nacional de Migración.


Desde los atentados de septiembre de 2001 y los acuerdos de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, la nación azteca se ha erigido en el primer gendarme de la frontera sur de los Estados Unidos, estableciendo puestos de vigilancia a lo largo de todo su territorio, a cambio de un mejor tratamiento a los mexicanos que viven en los Estados Unidos y que envían a su país, aproximadamente diez mil millones de dólares al año. De resultas, México es ahora una frontera hostil para sus vecinos.


Para todos el destino es uno: los Estados Unidos


En el río Suchiate, que separa Chiapas de Guatemala, la vigilancia es intensa, con el resultado del encarecimiento de los viajes clandestinos hacía el norte. Los emigrantes contactan a las bandas de polleros o coyotes (esos hombres que han convertido en un arte el vadear o sobornar puestos de control, retenes, radares y cámaras infrarrojas).
 


Tecún Umán, la última población guatemalteca antes del límite con México, es el lugar para contactar a los polleros, que cobran hasta cinco mil dólares por sus servicios. El término coyote o pollero, queda a expensas de la crueldad con que traten a sus clientes y no son pocos los casos en que han abandonado en pleno desierto a sus “pollitos”.


El tránsito de quienes buscan emigrar es imparable, únicamente desde la ciudad de San Pedro Sula, Honduras, salen cinco buses diarios hacia Guatemala. Pero no siempre tienen éxito. Los aeropuertos de Tegucigalpa y San Pedro Sula, cada año reciben más de cinco mil hondureños expulsados desde los Estados Unidos.


Los indocumentados tampoco están a salvo de la policía azteca, que los acosa en procura de los pocos pesos mexicanos, dólares, colones, quetzales o lempiras que puedan tener en sus bolsillos o cosidos en los pliegues de su ropa.


Cuanto más difícil se haga ingresar a territorio mexicano, más se encarece el trabajo de los “polleros”, calculándose que los emigrantes dejan al centenar de organizaciones que trafican con ellos unos mil millones de dólares al año.


En el sur de México, el tarifario de sobornos homologa el transporte de cocaína con el de centroamericanos.
Los indocumentados deberán recorrer el enmarañado rizo que es México, cruzando desiertos, valles, cordilleras, salinas, zonas que de bajo cero, pueden trocar a los 50 grados a la sombra. Todo ese camino con poca plata, menos información y el fantasma de la policía, pegado a sus espaldas.


Escondidos, arrastrándose o caminando en cuclillas, durmiendo a orillas de la vía o debajo de los puentes, lidiando con temperaturas que no bajan de los 40 grados, con los pies llagados por las caminatas, agotados físicamente, deshidratados y con ataques nerviosos suelen ser en el estado en que los encuentra el Grupo Beta, organización con apoyo estatal cuya tarea principal es la defensa de los derechos humanos del emigrante, además de asistirlos con cuidados médicos y abastecerlos de agua y alimento. Estos grupos de un llamativo uniforme color naranja custodian permanentemente las vías, los caminos y las fronteras sur y norte en busca de quienes, en su afán de emigrar, están dispuestos a correr cualquier peligro.


Los indocumentados trepan el mapa de México que es solo un puente a los Estados Unidos, muchos sin saber que un muro de desprecio intentará detenerlos.


Es imposible conocer el número de víctimas que han provocado los acuerdos de buena vecindad entre los gobiernos de México y Usa, En definitiva, ellos han determinado que el viejo y legendario río Bravo, sea hoy el Suichate corriendo casi 3.500 kilómetros más al sur de donde solía transitar.


En sus ocultos rasgos mayas; en la angustia de su espera incierta; en la severidad de la mirada; en sus rostros que como en la tierra, se han dibujado surcos; en el fondo de sus ojos, palpitan la esperanza y el miedo. Pudieron haber partido de ciudades como Tegucigalpa, veredas como Comayaguela o Intibucá en Honduras o villorrios como Usulután, en El Salvador, pero para todos el destino es uno: los Estados Unidos. Allí un primo, un vecino, un amigo que progresa, los espera para compartir las delicias del primer mundo.

Por Guadi Calvo
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Algunas experiencias recopiladas por Mi Zacapa Centenaria.

 

"Dice que se llama Teresa, que tiene 26 años, que es de Honduras, y que se dirige a la frontera con Estados Unidos, que venía andando por la vía del tren junto a otros emigrantes cuando dos tipos les salieron al paso, uno de 37 o 38 años y el otro de 25 o 26, que les dijeron que agacharan la cabeza y pusieran sus manos en la nuca, se adentraran en el monte, y que si cooperaban no les iba a pasar nada. Dice Teresa que a los hombres los registraron y les quitaron el dinero, pero que a ella y a su amiga, las únicas mujeres del grupo, las apartaron y les ordenaron que se bajaran los pantalones, ellas se los bajaron mientras el revólver del más viejo las iba apuntando a las dos, de una a otra, como si dudara con cuál quedarse. El viejo, dice Teresa, era de bigote abundante, ojos grandes y nariz aguileña, el cutis áspero como si hubiera tenido acné o una cicatriz. Del joven sólo recuerda que era flaquito y tenía el pelo liso.

  

-El joven fue el que me violó a mí.

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El siguiente se llama Mario. Dice que tiene 28 años, que es de Guatemala, y que él y su novia, Elsa Marlen, de 19 años, embarazada de gemelos, apenas habían iniciado su viaje hacia Estados Unidos cuando en el municipio de Huixtla, en el Estado de Chiapas, Elsa Marlen desapareció. Dice que él la buscó durante semanas y que, buscándola, desanduvo sus pasos y regresó a Guatemala. Fue allí donde meses después, y a través de fotografías que le mandó la cancillería de su país, reconoció el cadáver de su novia. Tenía las manos cortadas. La habían enterrado en una fosa común.

 

-He vuelto a México para matar a los asesinos de Elsa Marlen.

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Hay más historias, muchas más, y todas esperan en fila para que Arelí las apunte en su libreta. La historia de un chaval de 13 años que confiesa haber matado a un hombre y ahora huye de vagón en vagón. La de un joven que fue violado y que nada más escapar de sus verdugos buscó por las vías del tren el amor de una mujer para intentar olvidar. La de un hombre que se quedó dormido cuando viajaba junto a otros emigrantes en el techo de uno de esos trenes que van hacia el Norte. Y se cayó. El tren lo reclamó para sí, su tributo de sangre, y le cortó las piernas. Y Donar, que es hondureño y tiene un carácter dulce que es una lección de vida, se quedó aquí, en el albergue de Ixtepec, junto a Arelí, que llena libretas y libretas con el dolor que no cesa, y junto a David, un tipo fornido y bueno que se ocupa del difícil trabajo de proteger a los emigrantes de los que no lo son pero se visten como ellos para robarles hasta el aliento. Y de Alejandro, un cura valiente al que los traficantes de hombres han estado muchas veces a punto de asesinar, pero al que Dios aún no ha llamado a su lado, temeroso tal vez por la bronca que el padre le tiene preparada...

 

Porque Dios, si existe, fracasa aquí todos los días. Todas las noches.

 

 

Y esta noche -madrugada ya- es una de ellas. Esto es Ixtepec, un municipio de 25.000 habitantes del Estado de Oaxaca, lindando con Chiapas. Sur de México. Un lugar de paso casi obligado para los miles de emigrantes centroamericanos que cruzan desde Guatemala por el río Suchiate, buscando el tren soñado y temido que los llevará hacia Estados Unidos. Hacen el camino intentando burlar los controles de la policía y el ejército, y para ello tienen que internarse en el monte, exponiéndose y cayendo con frecuencia en poder de las bandas de asaltantes que infestan una zona conocida como La Arrocera. Es el principio de una larga travesía que, de hacerse en línea recta, se alargaría casi por espacio de 5.000 kilómetros, pero que se convierte en infinita porque los trenes que van hacia el Norte son de mercancías y zigzaguean por todo el territorio mexicano sin frecuencia ni horarios fijos, sometidos al capricho de un fantasma tirano. El trayecto entre el río Suchiate e Ixtepec constituye, pues, el primer contacto de los emigrantes con la realidad del camino. A tenor de sus historias, las mismas que Arelí va apuntando en sus libretas, muy poderosa debe de ser la atracción del paraíso al que creen dirigirse o muy espantoso el infierno de miseria del que escapan para que sigan caminando.

 

-Dice Gerardo, que tiene 39 años de Honduras, que precisamente en La Arrocera, al tratar de rodear una garita de vigilancia, cinco hombres le salieron al paso. Que dos de los asaltantes iban armados, uno con una escopeta, el otro con una pistola de nueve milímetros, le obligaron a desnudarse, lo tiraron al suelo de un garrotazo, registraron sus ropas, que le quitaron todo el dinero que llevaba y que le amenazaron con matarlo si denunciaba. Uno de los asaltantes, el más joven, era alto y flaco, tenía el pelo lacio y calzaba sandalias, "guaraches", dice Gerardo. El otro, el más viejo, llevaba sombrero y era bigotudo y tenía una cicatriz como de un navajazo en la quijada del lado derecho...

 

Es entonces cuando Arelí, apenas 27 años, levanta la mirada de la libreta y sonríe, pero su rostro, sus ojos verdes, que son el único eco de esperanza en esta madrugada tan negra, no reflejan precisamente alegría:

 

-El tipo del bigote..., la señal de la cicatriz en la cara..., el sombrero... La descripción de su acompañante: más flaco, más joven, con el pelo lacio. ¿Se dan cuenta? Hace meses que los emigrantes, sean hombres o mujeres, vengan de Honduras o de Guatemala, señalan a los mismos tipos como sus verdugos. Pero no pasa nada. Las autoridades no hacen nada. Lo peor no es el tren, que si te duermes y te caes te corta en dos o te mata como a tantos otros. Lo peor no es ni siquiera la existencia de bandas de maleantes, de extorsionadores, de gente que mata o que viola. Lo peor de todo, la verdadera mezquindad, es saber que nadie te va a ayudar, que al Estado mexicano no le importa lo que le pase a los centroamericanos que pasan por su territorio camino de Estados Unidos. Que ni la policía ni el ejército, ni las autoridades encargadas de ayudarte, te van a ayudar. Porque aquí, desengáñese, el Estado no está, es un teatro.

 

A veces, en el albergue hemos sabido que entre los emigrantes hay infiltrados sicarios de Los Zetas [uno de los carteles más sanguinarios de México], pero no hemos podido ni siquiera pedir ayuda a las autoridades porque sabíamos que no nos la iban a dar. Que incluso podía ser peor porque los mismos emigrantes te cuentan que ellos fueron asaltados por policías...

 

Hay un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) de México que corrobora las palabras de Arelí. Está confeccionado con los testimonios que 30 agentes de la comisión -sólo 30- recogieron en un periodo de seis meses -sólo seis meses-. Y aun así, los datos no pueden ser más terribles.

 

Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, casi 10.000 emigrantes centroamericanos que trataban de llegar a Estados Unidos fueron secuestrados y tratados con extrema crueldad a su paso por territorio mexicano. Muchos de ellos fueron capturados en grupos, bajados de los vagones de tren y confinados en casas de seguridad o en naves industriales. El rescate que se les exigía fluctuaba entre los 1.500 y los 5.000 dólares.

 

La Comisión Nacional de Derechos Humanos calcula que la industria del secuestro obtuvo en ese corto espacio de tiempo más de 25 millones de dólares. Para ello, los verdugos no dudaron en utilizar una violencia extrema, que incluyó en muchos casos la tortura, la violación y el asesinato.

 

Nueve de cada 10 víctimas recibieron amenazas de muerte dirigidas a ellas o a sus familiares. El 67% de los secuestrados era de Honduras; el 18%, de El Salvador; el 13%, de Guatemala, y el resto, de Nicaragua. También constataron los agentes de derechos humanos el paso de emigrantes procedentes de Ecuador, de Brasil, de Chile, de Costa Rica... Pero son los centroamericanos los que con mayor frecuencia, y con mayor desesperación, hacen la ruta hacia El Dorado que todavía, pese a la crisis, sigue representando Estados Unidos. Sus familias, y también sus países, dependen de sus remesas.

 

Hay quien sostiene, con una dureza no exenta de tino, que algunas naciones centroamericanas han sacrificado a sus ciudadanos para salvar sus economías. Al emigrante se le presenta en sus lugares de origen como un héroe, no como una víctima. A eso contribuye que el que llega encierra su rosario de sufrimientos y humillaciones, tal vez por vergüenza, en un cofre con siete llaves. Y el que no llega... también. Sólo Arelí y quienes como ella no están dispuestos a que México, su país, siga siendo un testigo mudo del horror, se han propuesto que las organizaciones de derechos humanos y la prensa conviertan en visible lo que hasta ahora no lo ha sido. El dolor tan íntimo de Teresa, la furia de Mario en busca del asesino de su novia, la huida sin destino de un niño asustado de 13 años, la terrible maldad de quien aprovecha el paso por sus pueblos de los más desprotegidos para hacer negocio. Golpeando, violando, matando... Sin freno. Sin castigo.

 

El albergue está lleno esta noche. Hay rumores de que la Bestia volverá por fin a rugir. La Bestia es el tren. Aun parado y en silencio, merece un apodo tan rotundo. Lleva dos días dormitando por culpa de un fuerte vendaval que mantiene cerrado el puerto de Salinas Cruz. Pero al parecer el viento ya está amainando y los barcos empiezan a llegar. El tren será cargado y volverá a pasar por Ixtepec de camino a Medias Aguas. Ése será el momento en que las decenas de emigrantes que dormitan en el albergue, al pie mismo de las vías, aprovechen para saltar y encaramarse al techo.

 

La vigilia se hace muy larga. A las tres de la madrugada, tan lejos aún del amanecer, los gallos se despiertan. Sólo un rato después, varios grupos de emigrantes, algunos con síntomas de haber entretenido la espera tomando alcohol, se acercan al albergue. David se coloca en la puerta. Sin más escudo que sus buenas palabras, los va cacheando uno a uno para evitar que entren con armas. Sentada en una mesa de plástico, Arelí les va preguntando uno a uno sus nombres, su procedencia, si han tenido algún sobresalto en el camino. Algunos mienten, y Arelí lo sabe. No son emigrantes. Tal vez algún día lo fueron, pero luego fueron captados por los propios carteles y pasaron de ser víctimas a trabajar para los verdugos. Son especialmente peligrosos porque tratándose de hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, hablan el mismo lenguaje que los emigrantes y los hacen confiarse, desvelar el nombre del familiar que, casi siempre desde Estados Unidos, los está apoyando con sus dólares. Una vez que descubren quién tiene dinero, el siguiente paso consiste en avisar a sus compinches de que en el vagón tres de la Bestia, con sudadera roja y una gorra negra de Nike, viaja un hondureño con plata. El asalto al tren, entonces, está cantado. Y esta noche es una de esas noches angustiosas en que David y Arelí sienten que algo sucio se está tejiendo. El techo de la Bestia no irá sólo ocupado por indefensos emigrantes a la búsqueda de un sueño.

 

El tren llega a Ixtepec un poco después del amanecer. Destino: Medias Aguas. Ese nombre destila peligro. "Medias Aguas ya es zona de Los Zetas. Si quieren montarse en el tren para acompañar a los emigrantes", aconseja David a los periodistas, "intenten convencer al maquinista para que les pare en Matías Romero. Y si no les para, tírense del tren en marcha cuando aminore la velocidad. Pero por nada del mundo sigan hasta Medias Aguas". David, aseguran quienes lo han tratado de antiguo, no es un hombre de muchas palabras, pero las que dice son de ley. Sin embargo, el maquinista no está de muy buenas pulgas. "¿En Matías Romero? ¿Parar allá? ¿Para qué? Ya veremos...", contesta desde lo alto de su trono de hierro. "¿Usted sabe?", se anima por fin sin que medien preguntas, "¿que los emigrantes nos acusan de estar coludidos con las mafias y que paramos el tren para que los asalten? ¡Qué barbaridad! Mire: usted mismo, si gira ese volante de hierro pintado de amarillo que hay entre vagón y vagón, puede parar el tren. Y los asaltantes lo saben. ¿Que no les ayudamos? ¿Eso dicen los emigrantes? Pues eso sí es verdad, ¿pero qué quieren que hagamos cuando nos apuntan con pistolas y hasta con cuernos de chivo...?".

 

 El tren se pone en marcha. Isabel Muñoz, autora de las fotos de este reportaje, lleva meses retratando el sufrimiento, y también las ilusiones, de los emigrantes centroamericanos a su paso por México. Esta mañana ya está montada en el techo abarrotado de la Bestia. Será su último viaje antes de concluir este reportaje, pero también uno de los más peligrosos. Arelí y David tenían razón. El tren es abordado a última hora, cuando ya está en movimiento, por cuatro muchachos que levantan las sospechas del resto. La Bestia acelera, ruge, pero ya se ha convertido en un peligro secundario. Todos los emigrantes, y no cabe ni un alma más en el techo, tampoco en los reducidos espacios que quedan entre los vagones, están pendientes de esos cuatro muchachos. No les quitan ojo. Ni apartan sus manos de las piedras que casi todos han ido cosechando silenciosamente en la estación de Ixtepec por si la ruta se tuerce. Los emigrantes tienen ante sí miles de kilómetros como éstos, llenos de peligros, de amenazas.

 

El tren sigue hacia el Norte después de hacer un alto en Matías Romero. Los periodistas se bajan. Y también lo hacen los cuatro muchachos, confirmando con esa sola acción que su interés no era precisamente la ruta hacia el Norte. Unos kilómetros atrás, en el albergue de Ixtepec, Arelí disfruta de unas horas de paz hasta la llegada del próximo tren. Cuando eso suceda, mujeres rotas y hombres manchados de miedo le contarán que un tipo con bigote, nariz aguileña y algo muy parecido a una vieja cicatriz surcándole la cara les obligó a desnudarse, les quitó el dinero, los apuntó con un viejo revólver...

 

-¿Se termina uno acostumbrando a tanto horror?

 

-Se termina uno acostumbrando. E incluso te puedes permitir acostumbrarte. Pero lo que no puedes hacer nunca es dejar de estar enojada. El día que dejes de enojarte con las injusticias, ya no servirás. Y habrán ganado ellos.

 

Los que hacen daño. Los que no hacen nada.

 

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